Pretérito ImperfectoRECUERDA, ALMA DORMIDA![]() por A. López Borgoñoz*PUBLICADO EN TECNOCIENCIA 10 (Febrero 2007)Nuestra relación con la muerte propia o ajena es algo deprimente. Es por eso que tenemos una serie de comportamientos o ritos funerarios con los difuntos, que son diferentes según cada cultura. En cambio, más allá del canibalismo, el vínculo con los fallecidos de la propia especie de la gran mayoría del resto de los seres vivos no parece muy elaborado. Es poco más que aquello de «un fraile menos, una ración más». Entre los humanos, sin embargo, normalmente eso no es así (claro está que, al menos, eso pasa entre aquellos que en cada grupo cultural se han reconocido como «humanos» –lo que, habitualmente, casi nunca ha ido más allá de los componentes del propio grupo–). Tampoco debieron quedarse indiferentes ante la muerte nuestros predecesores. Hay alguna prueba en el caso de los neandertales. Incluso, recientemente, Juan Luis Arsuaga indicaba que quizás el hallazgo de numerosos enterramientos de niños de dicha especie podía ser un síntoma del cariño que sentían aquéllos por éstos. De hecho, a igualdad de cronologías, se hallan más infantes neandertales enterrados que de humanos como nosotros. Seguramente, más allá de los neandertales, otras especies anteriores también tuvieron una relación especial con sus amados difuntos. ¿Desde cuándo? Es difícil establecerlo con certeza. Los restos de hace unos 400.000 años de treinta Homo heidelbergensis en la Sima de los Huesos (Atapuerca) y el hallazgo de algún material lítico asociado a los mismos (como —quizás— el discutido bifaz llamado Excalibur), hace pensar que ya hubo entonces un trato diferenciado para los cadáveres de sus congéneres por parte de quienes los enterraron aunque, desgraciadamente, no es fácil ir mucho más allá de momento. Los restos arqueológicos escasean cada vez más a medida que se retrocede en el tiempo (especialmente los hechos con material perecedero). Sobre otros restos como los de la cueva Pontnewydd, en Gales (Reino Unido), donde se han encontrado los dientes de cinco neandertales de hace unos 230.000 años, también se ha especulado sobre si habrían sido depositados en dicha cueva con ánimo funerario.
Escribía hace poco Steven Pinker que «está claro que nadie puede negar la importancia del aprendizaje y la cultura en todos los aspectos de la vida humana. Pero las ciencias cognitivas han demostrado que, para empezar, tiene que haber complejos mecanismos innatos para que sean posibles el aprendizaje y la cultura». Tenemos una serie de estructuras mentales que «facilitan» el que seamos como somos y que poseamos el lenguaje, por ejemplo, así como algunas otras de nuestras peculiaridades como especie. Quizás entre éstas, curiosamente, esté la del temor a la muerte y el respeto hacia nuestros fallecidos. Tal vez ese temor y respeto nos haga humanos, nos haga diferentes, en un sentido más profundo del que nunca habríamos imaginado. ¿Llorarían la muerte de Lucy, la afamada australopiteco, sus compañeros? Enlaces
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